Celebrar y hacer(se) comunidad (acaso un testimonio)


La manía de andar de memoriosos pertenece a un mundo que se resiste al olvido, uno menos evanescente, menos fugaz. Aunque todo es relativo, pensemos que el pulso del corazón humano se mide en un minuto, pero el pulso de las estrellas, que alcanzamos a ver en la noche se mide en años luz. La vida de nuestro planeta se mide en eras geológicas. Y así las cosas me pregunto: ¿cinco años, un lustro es mucho o poco tiempo?


Iré un poco hacia atrás, unos cuantos años. Recuerdo en algún momento, cuya fecha no puedo precisar, haber visitado la parte extrema oriente de la antigua penitenciaría durante su proceso de transformación para convertirse en lo que hoy es el Centro de las Artes Centenario de San Luis Potosí. Ahí vi trabajadores utilizando maquinaria para realizar un proceso de excavación, frente a mí se extendía un espacio que me pareció enorme, profundo y vacío. En el momento no lo pensé, pero después lo recordaría como una metáfora visual de la hondura de los procesos de creación que ese vacío cobijaría.


Años después, en el 2012, durante una Muestra Nacional de Teatro, el proceso de convertir ese espacio en un teatro se encontraba mucho más avanzado y como parte de la programación que ahí se presentó, en lo que más adelante sería el foso del escenario, una pieza escénica. Los asistentes fuimos sorprendidos por las condiciones del montaje, veíamos el desarrollo de la obra desde arriba, sentados en unas tribunas instaladas solo para esa ocasión, los actores se encontraban cercados por las paredes, encerrados en el foso parecían conejillos de indias en una caja de Skinner. Fue alrededor de la media noche que la función terminó, ningún telón se bajó, se apagaron las luces y los aplausos fueron un rompimiento que nos hizo regresar a la realidad, entonces el grupo que habíamos compartido el espacio salimos en medio de la oscuridad, asistidos por personal con lámparas de mano, caminamos por los largos pasillos cobijados por la noche, en medio de un silencio cómplice, con la conmoción en nuestro interior provocada por la intensidad de la experiencia. El espacio inconcluso y el trabajo escénico del grupo actoral habían cumplido con esa antigua práctica religiosa, alrededor de un dios griego que propiciaba que el individuo entrara en un estado existencial con la comunidad. A la distancia me gusta imaginar que esa función fue una de las piedras escénicas fundacionales de las presencias por venir en el Teatro Polivalente. ¡Feliz aniversario!


Laura Elena González Sánchez

Poeta, gestora e impulsora cultural

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