El muégano


Hace algunos meses, varios ya, sentado en una banqueta de la colonia Narvarte en la ciudad de México, concretamente en la esquina de La Morena y Diagonal San Antonio, pasaban por mi mente imágenes, sensaciones, ideas nebulosas de algunas obras en las que había participado, flashes de personajes o actores con los que me había encontrado en esos montajes, indicaciones y notas que me habían dado los distintos directores de aquellas propuestas; y al mismo tiempo, pensaba en lo lejos que podría estar, dadas las condiciones que comenzaban a envolver al mundo, el momento de volver a subir al escenario para hacer lo que hasta ahora, desde hace 15 años, sé hacer. Me encontraba inmerso en esos pensamientos y visiones cuando recibí una extraña invitación; no extraña en cuanto al fondo, ni siquiera en cuanto al motivo o motor de la misma, pues era evidente que urgía encontrar un antídoto que sostuviera desde algún punto, la esperanza de volver a ocupar el espacio escénico; pero sí extraña en cuanto a la forma; desde algunos sitios del mundo, del país, de nuestras ciudades se estaba gestando un posible novedoso ser, que si bien nos venía acompañando desde hace tiempo, hoy era clara y contundente su presencia, su vitalidad, su generosidad: lo virtual, el online, el streaming. Se nos presentó como un muégano compuesto de virtudes, fuerzas, debilidades, y un sin fin de posibles campos de acción y oportunidades, ese antídoto temporal ―o no― para el dolor artístico y creativo. “¿Tienes algún proyecto que pueda presentarse en una plataforma en la que estamos trabajando para apoyar a los creadores, brindarle al espectador la oportunidad de permanecer, de alguna manera, unido al teatro, y que nuestro recurso humano continúe, de alguna manera también, colaborando con nuestro espacio?” Ésta fue la extraña invitación. Jamás dudé, no la cuestioné. Abracé, como muchos durante este veinte veinte, algunas de esas oportunidades que presentaba el muégano: la de sobrevivir, la de conocer la capacidad de adaptación que tengo como artista, que tuvimos todos, la de crear algo nuevo o diferente o inesperado o sin sentido, pero siempre movidos por el hambre de pertenecer y permanecer; abracé la oportunidad de avanzar con todos, y con todos, nuestro arte avanzó también; la de evolucionar, la de ser polivalentes. Hoy, cuando comienza a verse una luz al final del túnel, agradezco al Teatro Polivalente del Centro de las Artes de SLP por brindarme la posibilidad de conocer de cerca a ese nuevo ser, ese compañero en la creación, a ese muégano del que hablaré siempre. Creo, estoy seguro, que como nunca, el corazón de las artes latió; a veces cansado, a veces con miedo; pero está de regreso. Deseo que nuestro pronto olvido, propio de seres humanos, sobre los hechos que avasallan a la humanidad, no les devuelva a las artes la somnolencia de la que por momentos las contagiamos.


GRACIAS.


Antón Araiza

Actor, dramaturgo, director escénico



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